Si quieres algo de mí, ven... que estoy repartiendo los pedazos. Sufriré un poco, pero está decidido, tal vez por mí, o acaso por quien me sintió vulnerable y se aproximó, me convenció sin decir nada, pero vaya que me miró. Esa forma me hizo sentir doblegada, sin saber si ese doblez fue previo o posterior a la escena del fulgor.
¿Qué parte te interesa? Todas están bien cortadas, fue un filo muy fino el que determinó la posición y el sabor de mis movimientos, de toda mi historia, fragmentada justo ahora. Sólo un montón de eventos que no significan nada.
Apretujada y desperdiciada, mi inspiración ha sido regada, toda mi esperanza arrebatada. Una y otra vez, mas te invoco de nuevo, lo ves. Delicioso suplicio tu ser, que es y no es, parte de mí pero no vuelve, no siempre regresa o no como se espera, porque a veces el mensaje no entregó mi dulce intención, e indiferente tu rostro se volvió, dejándome en desazón.
Puedo entregarte todo, pero entonces no quedará nada, sólo manchas y huellas en el fondo, del vacío el fondo. Y eso cansa, el dichoso se harta y no comprende, sino en retrospectiva, la felicidad dada, justo cuando ya se acaba.
Pero reitero, hoy reparto los pedazos, pues me encuentro desarmada y te extiendo, transeúnte, esta invitación e intento a mis miedos ignorar, porque se ponen a ladrar. Me ensordezco y me arriesgo, me dispongo a fracturar todo lo que quieras llevar, suspiro y espero que acaso tengas piedad, porque no hay vuelta atrás. Y mientras acercas tus manos ávidas y tiernas, yo me dejo llevar e intento observar claramente, como es que a veces se permite ese pesar, la pena de soltar algo que nunca volverá, sin saber si estuvo bien o mal. Pero qué más da, ya nada significa, por mucho que implique, lo que llamamos dignidad. En verdaderos encuentros, desaparecen esos conceptos. En verdaderos arranques se quiebra la moral, y entonces me puedo preocupar, pero me voy a quedar, porque de verdad disfruto, aunque a veces amarga, que mi vida sea tomada.