Me encontraba en el quirófano, despierta, pero del procedimiento únicamente sentía jalones y una presión terrible, indescriptible, en el pecho, me ahogaba. Podía ver el techo y una tela azul colocada para que el paciente no vea lo que hacen con su cuerpo. Escuchaba la música de los médicos, relajante, divertida. Podía oler lo estéril de la habitación, no me molesta, conozco de hospitales.
La vivencia pasaba tan presente, avasalladora, y, de pronto, oigo gorjeos; fijé mi atención preocupada: un llanto pleno. Sentí emoción y nerviosismo. En el pecho y el estómago un cosquilleo. Aceleró mi ritmo cardíaco. Aún me manipulaban el tronco. Ansiosa, ya ni siquiera sabía si estaba prestando más atención a lo que ocurría en mi cuerpo o a lo que escuchaba dentro de la habitación, buscaba recabar datos del medio para poder concluir: todo está bien.
Acercaron una cara nueva a mi costado, tan pequeña. Me paralicé. Miré rápidamente, en un segundo lento, tus ojos. Estuve perpleja, como si mi pulso se detuviera, mi respiración lo hizo, todo lo demás fue borroso, estábamos solas. Un nudo en la garganta, una lágrima.
Temblores y cosquillas. Ansiaba tomarte, pero tuve que esperar, estaba recién cerrada. Desesperación. Amor y desesperación. Felicidad al conocerte.
Me hiciste llorar... es muy hermosa tu narrativa, tan completa, descriptiva, poemica y vivencial. Tiene todo
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